
Non eri che la bestia, nel male della condizione
sua, imprecisa, volevi carne dell’uomo, tenera
di giovani, e cibartene, e fartene vanto, nel rantolo.
Una specie di toro, col corpo umano e il vello
di belva feroce; come noi tutti, simili a te,
che vogliamo carne e cuore degli altri, a succhiare
linfa e pareti del dentro gl’uomini, alla soddisfazione.
E non guardiamo nella nostra mente nulla che sia
umano, ma all’osso forsennato, impaziente, e strenuo.
Cos’è l’essere umano, se io, Minotauro in mezzo
ai milioni, nel labirinto senza sviluppo, cerco la carne
bestialmente, incessantemente? Noi siamo lui, dentro
appetiti e il disperare d’essere tagliati, in due parti,
che non sai qual è la prima e quale la seconda, dove
il sangue umano s’effonde nel taurino, e tutto
è confuso, come il rosso di una muleta, come l’odore
di sangue e di carne di vittima scovata; tutto
senza origine, non sapendo chi sei; e vaghi per queste
strade disperate alla ricerca degli altri, e nemmeno
conosci il piacere, ma la disperata abitudine, flusso
velenoso e senza posa d’un insensato esistere.
[Immagine: Pablo Picasso - El minotauro.]
LA NOCHE CÍCLICA
A Sylvina Bullrich
Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.
En edades futuras oprimirá el centauro
con el casco solípedo el pecho del lapita;
cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
noche de su palacio fétido el minotauro.
Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo vientre.
Férreos ejércitos construirán el abismo
(David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa).
No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuleven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo
que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene sempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota.*
Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres
de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez…
Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
las repúblicas, los caballos y las mañanas,
las felices victorias, las muertes militares.
Las plazas agravadas por la noche sin dueño
son los patios profundos de un árido palacio
y las calles unánimes que engendran el espacio
son corredores de vago miedo y de sueño.
Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo (el proyecto?) de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras…»**
Comment by mario pandiani — March 2, 2010 @ 9:37 pm
ciao mario!
Comment by Franz Krauspenhaar — March 5, 2010 @ 2:24 am